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Spinoza es la anomalía. Si Spinoza, ateo y maldito, no termina en la cárcel o en la hoguera, a diferencia de otros innovadores revolucionarios entre los siglos XVI y XVII, se debe al hecho de que su metafísica representa la polaridad efectiva de una relación de fuerzas antagonistas ya consolidada: en la Holanda del siglo XVII, el desarrollo de las relaciones de producción y de las fuerzas productivas experimenta una tendencia hacia un porvenir de antagonismos. En este marco, la metafísica materialista de Spinoza es, por tanto, la anomalía potente del siglo XVII: no anomalía marginal y derrotada, sino anomalía del materialismo triunfante, del ser que actúa y que, constituyéndose, plantea la posibilidad ideal de revolucionar el mundo.

Antonio Negri

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Baruch o Banedicto de Spinosa se ha ganado un nombre tan poco honorable en el mundo por lo que se refiere a su doctrina y a la singularidad de sus sentimientos en materia de religión que, como dice el autor de su Vida al comienzo de esta obra, es preciso, cuando se quiere escribir de él, o en su favor, esconderse con tanto cuidado, y usar de tantas precauciones, como si pretendiese cometer un crimen. Sin embargo, nosotros no creemos que debamos hacer un misterio del hecho que confesamos, de que hemos copiado este escrito según el original, cuya primera parte trata de la vida de este personaje y la segunda proporciona una idea de su espíritu.

Prefacio a “La vida y el espíritu del señor Benedicto de Spinosa o Tratado de los tres impostores (Moisés, Jesucristo y Mahoma)”, Anónimo clandestino (ss. XVII – XVIII)

Sus conocimientos, sus aficiones y su profesión le permitieron llevar una vida plena. [Spinoza] Tuvo la sabiduría de distinguir entre quienes eran sus amigos y quienes, a pesar de presentarse como tales, no lo eran. Cuando, en una ocasión, le ofrecieron ocupar una cátedra en la Universidad de Heidelberg para enseñar filosofía, declinó la oferta al intuir que comprometía su libertad de pensamiento. En la Ética dice que hay que evitar, en la medida de lo posible, aceptar regalos de los ignorantes, porque ellos esperan a su vez recibir otros beneficios —como resulta normal esperarlo—, pero el que es libre no coincide con el que es ignorante a la hora de juzgar qué es un beneficio.

Maite Larrauri

Leo una entrevista, aparecida en Clarín, a Roberto Esposito, el filósofo italiano cuya obra se define en las nociones de “comunidad“, entendida como lo que nos obliga, nos une en la deuda, y la de “inmunidad“, intento de autoconservación que domina a la sociedad actual. En la entrevista se hace un repaso a sus obras, “Communitas“, “Immunitas” y “Bios”, en primer lugar. Después, a su relación con el pensamiento de Heidegger, de Foucault, de Toni Negri y de Agamben. Y, por último, a su concepción de la biopolítica en relación a sus conceptos de comunitas e immunitas, y, sobre todo, se examinan las diferencias con la obra de Agamben y su concepto de “estado de excepción” frente al de immunitas.

Robert Esposito

Robert Esposito

En conjunto, aunque ya había leído algo de su obra y oído hablar de él, esta entrevista me ha descubierto un pensador excepcional en lo referente a pensar la política. Me gusta su concepto de filosofía en relación a la dimensión contemporánea, a lo que Foucault llamaba una “ontología de la actualidad”, y me gusta su propuesta en Bios de “no pensar la vida en función de la política, sino de pensar la política en la forma misma de la vida”. “Se trata de invertir”, dice, “el signo negativo que, con el paradigma immunitario, acompañó hasta ahora a la biopolítica“. En este camino no encuentra sino signos o huellas, entre las que sólo señala, entre los filósofos, a Spinoza. Se podría “hablar de política de la vida y no sobre la vida. No sólo si la vida, cada vida individual, es sujeto y no objeto de la política, sino también si la misma política es repensada mediante un concepto de vida de acuerdo con toda su extraordinaria complejidad interna, sin reducirla a la simple materia biológica“.

¿De qué me serviría a mí ser libre si soy tan perezoso? Contestar que la pereza es mi cadena sería tanto como identificar la libertad con la simple diligencia. Mi envidia hacia los capaces se venga a veces murmurando así: «¡Mira que si los que tanto presumen de libertad y de albedrío no fuesen más que diligentes congénitos, biológicamente predeterminados por el gen de la acucia compulsiva, cuyo descubrimiento los acuciosos investigadores se hubiesen negado a hacer público, ante la grave responsabilidad social de los deletéreos efectos que la divulgación de un hallazgo semejante podría tener en la moral de los trabajadores!»

Rafael Sánchez Ferlosio

Al entrar en la cocina pensó que la creencia en una determinación libre y racional de las acciones humanas, y especialmente en una determinación libre y racional de las elecciones políticas individuales, fundamento natural de la democracia, era seguramente el resultado de una confusión entre libertad e imprevisibilidad. Las turbulencias de la marea junto al pilar de un puente son estructuralmente imprevisibles; pero a nadie se le ocurriría calificarlas de libres por esa razón. Se sirvió un vaso de vino blanco, corrió las cortinas y se tumbó para reflexionar. Las educaciones de la teoría del caos no hacían ninguna referencia al entorno físico en que tenían lugar sus manifestaciones; esta ubicuidad les permitía encontrar aplicaciones tanto en hidrodinámica como en genética de poblaciones, en meteorología y en sociología de grupos. El poder de modelización morfológica era bueno, pero la capacidad de predicción casi nula. Por el contrario, las ecuaciones de la mecánica cuántica permitían prever el comportamiento de los sistemas microfísicas con una precisión maravillosa; incluso total, si uno renunciaba a cualquier esperanza de retorno a una ontología material. Era cuando menos prematuro, y quizá imposible, establecer un puente matemático entre ambas teorías. Sin embargo, Michel estaba convencido de que la formación de atractores en la red evolutiva de las neuronas y las sinapsis era la clave para explicar las opiniones y las acciones humanas.

Michel Houellebecq, Las partículas elementales

⎯No lo sé… ⎯Desplechin tenía todo el aspecto de no saberlo⎯. Viajar… Un poco de turismo sexual, a lo mejor… ⎯Sonrió; cuando sonreía, se cara seguía teniendo mucho encanto; un encanto desencantado, estaba claro que era un hombre acabado; pero era un verdadero encanto a pesar de todo⎯. No, es broma… La verdad es que eso ya no me interesa en absoluto. El conocimiento sí… Queda un deseo de conocimiento. El deseo de conocimiento es curioso… Muy poca gente lo siente, ¿sabe?, incluso entre los investigadores; la mayoría se conforman con hacer carrera, se desvían rápidamente hacia la administración; sin embargo, en la historia de la humanidad tiene una tremenda importancia. Podríamos imaginar una fábula en la que un pequeño grupo de hombres (como máximo unos centenares de personas en todo el planeta) trabaja encarnizadamente en algo muy difícil, muy abstracto, absolutamente incomprensible para los no iniciados. Estos hombres siempre serán unos desconocidos para el resto de la población; no tienen poder, fortuna u honores; ni siquiera hay alguien que entienda el placer que les procura su pequeña actividad. Sin embargo son la potencia más importante del mundo, y lo son por un motivo muy simple, un motivo muy pequeño: detentan las claves de la certeza racional. Todo lo que declaran verdadero, el resto de la población lo reconoce tarde o temprano como tal. Ningún poder económico, político, social o religioso es capaz de enfrentarse a la evidencia de la certeza racional. Podemos decir que Occidente se ha interesado más allá de toda medida por la filosofía y la política, que ha luchado del modo más irracional por asuntos filosóficos o políticos; también podemos decir que Occidente ha amado apasionadamente la literatura y las artes; pero en realidad nada va a pesar tanto en su historia como la necesidad de certeza racional. A fin de cuentas, Occidente ha terminado sacrificándolo todo (su religión, su felicidad, sus esperanzas y, en definitiva, su vida) a esa necesidad de certeza racional. Es algo que habrá que recordar a la hora de juzgar al conjunto de la civilización occidental.

Michel Houellebecq, Las partículas elementales

Puesto que la filosofía es, en última instancia, un recurso más entre otros para intervenir en lo real, existe legítimamente sólo para fortalecer la potencia del espíritu sobre la materia, la afición de la voluntad, la certeza de que el tratamiento de los posibles por el pensamiento forma una unidad con su advenimiento. Se trata de despreciar lo que hay, en nombre de lo que puede haber. Se trata de preferir cualquier verdad a las enciclopedias del saber. Seguramente, la carga polémica de mi filosofía es más viva en este punto. No estamos en el consenso académico. Cualquiera que trabaje para la perpetuación del mundo que hoy nos rodea, aunque fuera bajo el nombre de filosofía, es un adversario, y debe ser conceptuado como tal. No podemos tener la menor consideración para aquellos cuya sofisticación sirve para legitimar —bajo los vocablos gastados e inconsistentes de «el hombre» y de sus «derechos»— el orden capital-parlamentario, hasta en sus expediciones neocoloniales. Pero la guerra especulativa y el derecho que se conceda a cambiar los conceptos por municiones, implica saber exigir de uno mismo una constante transformación de la propuesta filosófica y de sus categorías fundadoras, a riesgo de pensar a menudo —como decía mi viejo maestro Sartre— contra uno mismo.

Alain Badiou

« […] releí a Spinoza interpretando, criticando, mi viejo marxismo, pero recuperando al mismo tiempo esa capacidad spinoziana de fundar sobre el mecanismo conatus vivente, el conatos de vida, el conatus sensible, el amor o la cupiditas, como el momento de asociación constructiva y constituyente.Y después, el amor racional, antológicamente constructivo, que me permitió reconquistar no sólo el sentido del trabajo, de la actividad, que el marxismo me había enseñado, sino ese sentido de la pasión que debe cubrir los conceptos y permite desarrollarse. Cuando, por otros motivos, me encontraba frente a un análisis constitucional positivo, aprendí de esa manera, por ejemplo, a evaluar si detrás de cada fórmula jurídica existía un conjunto de pasiones que era cultivado. Y cuando, posteriormente, en la etapa que siguió a la prisión, me encontré con la temática de la crítica de las instituciones, del globalismo, del desarrollo de la biopolítica, el desarrollo foucaultiano, esas cosas se unieron y se dio esa síntesis que fue más o menos correcta. No creo que la historia de la filosofía nos enseñe mucho, al contrario. Deleuze decía: “Espero ser el primero que no fue castrado por la historia de la filosofía”.»

Antonio Negri

“Espinosa es un racionalista que, sin embargo, hizo cosas que alejaban ese racionalismo de la ingenuidad: una de ellas (muy subrayada últimamente y quizá hasta la exageración) fue afirmar que es el deseo -más bien que la razón- la esencia humana (Ética, III, Def. I de los afectos), y otra, criticar la consideración puramente subjetiva de la conciencia racional, porque deseos, pasiones, ideas, no son prácticamente posible sin que medie la Ciudad (el capítulo 17 del Tratado teológico-político deja pocas dudas al respecto).”

Vidal Peña