La clase quinta del libro de Gilles Deleuze, «En medio de Spinoza» lleva por título «Las cartas del mal» , y es del 13 de enero de 1981.

Como decíamos en el Apéndice a la Clase Cuarta esta clase trata acerca de las cartas que Spinoza intercambia con Blyenbergh y en las que se trata –observábamos- sobre el estatuto del mal desde el punto de vista de la ética.

Blyenbergh plantea de entrada dos objeciones. Una: le dice a Spinoza que es demasiado superficial explicar que cada vez que un cuerpo encuentra a otro hay relaciones que se componen y relaciones que se descomponen. No hay ninguna razón para privilegiar la composición de relaciones sobre la descomposición puesto que las dos van siempre unidas. Hay, siempre, a la vez, composición y descomposición.

Spinoza, dice Deleuze, no ve ninguna dificultad y su respuesta es muy clara. Desde el punto de vista de la naturaleza sólo hay composiciones, no hay más que composiciones de relaciones. Es desde el punto de vista de nuestro entendimiento que decimos que tal y tal relación se compone en detrimento de otra, que debe descomponerse para que la otras se compongan.

Dos: la objeción de Blyenbergh consiste en decir: «Finalmente, lo que usted llama vicio o virtud es lo que a usted se aviene [arrange]. Usted dirá virtud cada vez que compone las relaciones, sin importar las relaciones que destruye; y dirá vicio cada vez que una de sus relaciones es descompuesta», «Usted reduce la moral a un asunto de gusto».

Spinoza va a mostrar que posee un criterio propiamente ético de lo bueno y lo malo, del vicio y la virtud, y que ese criterio no es un simple criterio de gusto. Lo hará en dos textos. El primero está en la carta (carta 23) a Blyenbergh. Quiere mostrar que no sólo hay un criterio para distinguir el vicio y la virtud, sino que ese criterio se aplica en casos muy complicados y que permite distinguir entre los crímenes. El mal no es nada. Dice Spinoza: «El matricidio de Nerón, en cuanto contenía algo positivo, no era un crimen». Un acto, en la medida en que es positivo, no puede ser un crimen, no puede estar mal. Entonces un acto como un crimen, si es un crimen, no lo es en cuanto que contiene algo positivo, lo es desde otro punto de vista.

Tratamos a Orestes de una manera diferente a como tratamos a Nerón, si bien los dos han matado a sus madres con la intención de matarla. «¿Cuál es entonces el crimen de Nerón Consiste únicamente en que, en su acto, se muestra ingrato, despiadado e insumiso. […] ninguno de estos caracteres expresa, sin importar cuál sea, una esencia».

¿Qué es esta respuesta a Blyenbergh? ¿Qué se puede sacar de un texto como éste? Si el acto de Nerón es malo, lo es porque Nerón matándola se muestra ingrato, despiadado e insumiso.

En el Libro IV de la Ética encontramos el otro texto. Es la proposición LIX y no parece simple. Se trata de demostrar que en todas las acciones a las cuales estamos determinados por un sentimiento que es una pasión, también podemos estar determinados a hacerlas sin él (sin ese sentimiento); podemos estar determinados a hacerlas por la razón. Todo lo que hacemos empujados por la pasión, podemos hacerlo también empujados por la razón pura. El escolio lo dice: «Expliquemos esto más claramente. La acción de golpear, en cuanto físicamente considerada y consideramos sólo el hecho de un hombre levanta el brazo, cierra el puño y mueve con fuerza todo el brazo de arriba abajo, es una virtud que se concibe por la estructura del cuerpo humano».

«Si entonces un hombre, empujado por la cólera o el odio, es determinado a cerrar el puño o a mover el brazo, ello ocurre —como hemos demostrado en la parte segunda— porque una sola y misma acción puede estar asociada a cualquier imagen de cosa».

Nos dice que llama determinación de la acción a la asociación que une la imagen de la acción a una imagen de cosa.

Continuemos: «…en consecuencia, podemos estar determinados a una misma y única acción, tanto por las imágenes de cosa que concebimos confusamente como por las imágenes de cosas que concebimos clara y distintamente. Así, es claro, que todo deseo que nace de un afecto que es una pasión no sería de ninguna utilidad si los hombres pudieran ser conducidos por la razón».

¿Qué es esta introducción de lo confuso y de lo distinto? Spinoza dice que una imagen de acción puede estar asociada a imágenes de cosas muy diferentes. Nos pide que accedemos a un análisis de la acción muy paradójico: entre la acción y el objeto sobre el que recae hay una relación que es de asociación. ¿Qué diferencia hay entre dos casos: la acción del puño cae sobre la cabeza de mi madre o hago caer mi puño sobre el parche de un bombo?

¿Cuál es la diferencia? En un caso yo asocio mi acción a la imagen de una cosa cuya relación se compone directamente con la relación de mi acto y, en el otro caso, el de mi madre, yo he asociado mi acto a la imagen de una cosa cuya relación es inmediata y directamente descompuesta por mi acto. Tenemos aquí el criterio de la ética para Spinoza.

Por convención, llamaremos “bueno” a las acciones de composición directa y llamaremos “malo” a las acciones de descomposición directa. Toda acción será analizada según dos dimensiones: la imagen del acto como potencia del cuerpo, lo que puede un cuerpo; y la imagen de la cosa asociada, es decir, del objeto sobre el que se produce el acto. Entre los dos hay una relación de asociación. Es una lógica de la acción. Matando a su madre, Orestes recompone su relación con la relación de su padre (asesinado por Clitemnestra).

Spinoza dice: desde el punto de vista particular hay siempre a la vez composición y descomposición de relaciones; ¿eso quiere decir que lo bueno y lo malo se mezclan y devienen indiscernibles? No, porque al nivel de una lógica del punto de vista particular siempre habrá una primacía. Spinoza nos dice: llamo “buena” a una acción que opera una composición directa de las relaciones aún si opera una descomposición indirecta, y llamo “mala” una acción que opera una descomposición directa aún si opera una composición indirecta. En otros términos, hay dos tipos de acciones: las acciones en las que la descomposición viene como por consecuencia y no en principio, porque el principio es una composición, e inversamente, acciones que directamente descomponen y sólo implican composiciones indirectamente. Este es el criterio de lo bueno y de lo malo y con ese criterio hay que vivir.

A partir de aquí cambian las reflexiones de Deleuze y explica que Spinoza es un autor que cada vez que se encuentra con un problema de una dimensión simbólica no deja de expurgarlo, de intentar mostrar que era una idea confusa de la peor imaginación. Hay una teoría del signo en Spinoza. El profetismo es el acto por el que recibo un signo y por el emito un signo. La teoría de Spinoza consiste en relacionar el signo con el entendimiento y la imaginación más confusa del mundo.

Según Spinoza, la idea de signo no existe. Hay expresiones, nunca signos. Cuando Dios revela a Adán que la manzana actuará como un veneno, le revela una composición de relaciones, una verdad física, no le envía un signo. Dios no hace ningún signo, da expresiones. No da un signo que remitiría a una significación o a un significante; él se expresa, es decir, revela relaciones. Y revelar no es así ni místico ni simbólico; revelar es dar a comprender. Él da a comprender las relaciones en el entendimiento de Dios.

Si hay un orden de las filiaciones en Spinoza, evidentemente no es un orden simbólico, sino que nace de la Naturaleza. La necesidad de la Naturaleza es que no haya relaciones no efectuadas. Todo lo posible es necesario, lo que significa que todas las relaciones han sido o serán efectuadas. Spinoza no hara el eterno retorno, la misma relación no será ejecutada dos veces. Hay una infinidad de relaciones; la Naturaleza entera es la totalidad de las efectuaciones de todas las relaciones posibles, entonces necesarias. Eso es la identidad en Spinoza; la identidad absoluta de lo posible y de lo necesario.

Sobre el profetismo, Spinoza, y después Nietzsche, dirá: de entrada hay leyes. Son las leyes de la Naturaleza y, entonces, cuando se habla de revelación divina no hay nada misterioso. La revelación divina es la exposición de las leyes. Spinoza llama ley a una composición de relaciones. Eso es lo que llamará ley de la Naturaleza. ¿Cómo comprenderlas?

2+2=4 es una composición de relaciones. Si usted no comprende nada, usted entiende la ley como una orden o un mandato. El niño pequeño en la escuela comprende la ley de la naturaleza como una ley moral: él debe, y si dice otra cosa será castigado. Si tomáramos las leyes por lo que son, nociones tan extrañas como mandato, obediencia, nos serían completamente desconocidas. En la medida en que percibimos una ley que no comprendemos, la aprehendemos como una orden.

Dios no prohíbe absolutamente nada al sujeto Adán, le revela una ley: la manzana se compone con una relación que excluye su relación constituyente. Es una ley de la naturaleza. Cuando tomo las cosas bajo la forma mandato-obediencia en lugar de tomarlas como composición de relaciones, me pongo a decir que Dios es como un padre, reclamo un signo.

El profeta es alguien que, no captando las leyes de la naturaleza, va a demandar el signo que le garantice que el orden es justo. Spinoza es un positivista, dice Deleuze, porque opone la expresión y el signo. Dios expresa, los modos expresan, los atributos expresan. ¿Por qué? En lenguaje lógico se dirá que hay una equivocidad del signo, es decir, que el signo significa pero que significa en muchos sentidos. Por oposición, la expresión es única y completamente unívoca: no hay más que un solo sentido de la expresión; es el sentido según el que las relaciones se componen. Según Spinoza, Dios procede por expresión y nunca por signo. El verdadero lenguaje es el de la expresión. El lenguaje de la expresión es el de la composición de relaciones al infinito.

Spinoza consentirá que, dado que nuestro entendimiento es limitado, tenemos necesidad de ciertos signos. hay una necesidad vital de signos porque sólo se comprenden pocas cosas en el mundo. Así justifica Spinoza la sociedad. La sociedad es la instauración del mínimo de signos indispensables a la vida. Seguramente hay relaciones de obediencia y de mandato, pero si tuviera conocimiento, no tendría necesidad de obedecer ni de mandar. Toda acción de obediencia o mandato sobre el conocimiento es nula y sin valor. Lo expresa en una bella página del Tratado teológico-político, dice que él tiene una libertad absolutamente inalienable, la libertad de pensar.

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