Leo el libro de Gilles Deleuze, «En medio de Spinoza». Ya había leído el prólogo de la editorial Cactus, interesante.

La primera clase lleva por título «Filosofía y teología. Dios y causalidad inmanente» y es de noviembre de 1980.

Comienza Deleuze con la observación de que el primer libro de la gran obra de Spinoza, la Ética, se llama «De Dios», lo que le sirve para una serie de consideraciones acerca de cómo la filosofía de ese tiempo habla todo el tiempo de Dios. Eso, paradójicamente, resulta ser el lugar de una máxima emancipación con respecto a la religión. Como en la pintura, que pone como ejemplo, el filósofo se permite la libertad de elección de las líneas, los colores, los conceptos en su caso. Con Dios todo está permitido.

Dios y el tema de Dios han sido para la filosofía la ocasión irremplazable de liberar lo que es el objeto de la creación en filosofía —los conceptos— de las coacciones que se le habían impuesto de ser la simple representación de las cosas.

El concepto es liberado al nivel de Dios porque ya no tiene por tarea representar algo; deviene en ese momento una presencia.

tapasemde Spinoza se coloca desde el inicio en condiciones tales en que eso que nos dice no tiene nada que pueda ser representado. Eso que Spinoza va a llamar «Dios» va a ser la cosa más extraña del mundo. Va a ser el concepto en tanto que él reúne el conjunto de todas esas posibilidades. A través del concepto filosófico de Dios se hace la más extraña creación de la filosofía como sistema de conceptos.

Otros filósofos —Leibniz, p.e. — utilizan el tema de Dios para la creación de un conjunto de conceptos. […] la filosofía se sirve de Dios, en esa época, para que los conceptos no estén obligados a representar algo preexistente, algo dado. No se trata de preguntarse lo que representa un concepto. Hay que preguntarse cuál es su lugar en un conjunto de otros conceptos. En gran parte de los grandes filósofos, los conceptos que crean son inseparables y están tomados en verdaderas secuencias.

Esto ya se observa por vez primera en el Parménides de Platón. (Primer tiempo: supongamos que lo Uno es superior al Ser, que lo Uno está por encima del Ser. Segundo tiempo: lo Uno es igual al Ser. Tercer tiempo: lo Uno es inferior al Ser y deriva del Ser.)

También posteriormente en Plotino. Él nos habla de lo Uno como origen radical del Ser, a un cierto nivel. Ahí el Ser sale de lo Uno. Lo Uno hace ser, entonces no es, es superior al Ser. Este será el lenguaje de la pura emanación: el Ser emana de lo Uno. […] Esta es la fórmula misma de la causa emanativa. Plotino va a hablarnos en términos espléndidos y en términos líricos del Ser que contiene todos los seres: el Ser que comprende todos los seres. […] Dirá que el Ser complica a todos los seres. Es una fórmula admirable. ¿Por qué el Ser complica a todos los seres? Porque cada ser explica el Ser. Habría un doblete: complicar, explicar. Cada cosa explica el Ser., pero el Ser complica todas las cosas, es decir, las comprende en sí […] ya no se trata de la emanación. Ustedes dirían que la secuencia ha evolucionado. Él va a hablarnos de una causa inmanente. Y, en efecto, el Ser se comporta como una causa inmanente con relación a los seres. Pero, al mismo tiempo, lo Uno se comporta con relación al Ser como una causa emanativa. Y si se desciende más, se verá en Plotino —que sin embargo no es cristiano— algo que se parece mucho a una causa creativa.

Hasta Spinoza la filosofía ha funcionado esencialmente por secuencias (de conceptos). Y en esta vía, los matices concernientes a la causalidad han sido muy importantes. ¿La causalidad original, la causalidad primera es emanativa, inmanente, creativa o aún otra cosa?

Si bien la causalidad inmanente estaba presente todo el tiempo en la filosofía, siempre lo estaba como tema que no iba hasta el límite de sí mismo. ¿Por qué? Porque era sin duda el tema más peligroso: «usted confunde a Dios y a la criatura». Ya no se sabe muy bien como distinguir la causa del efecto.

Llega Spinoza. Él ha sido precedido, sin duda, por todos los que tenían más o menos audacia en lo concerniente a la causa inmanente. Esta causa rara que no sólo permanecía en sí para producir, sino que el producto permanecía en ella: Dios y su mundo, el mundo está en Dios. Creo que la Ética está construida sobre una gran primera proposición, que se podría llamar la proposición especulativa o teórica. La proposición especulativa de Spinoza es: sólo hay una substancia absolutamente infinita, es decir, poseyendo todos los atributos; y los que llamamos criaturas, no son las criaturas, sino los modos o las maneras de ser de esa substancia. Una sola substancia teniendo todos los atributos y cuyos productos son los modos, las maneras de ser. Si son las maneras de ser de la substancia teniendo todos los atributos, esos modos existen en los atributos de la substancia, están atrapados en esos atributos.

Todas las consecuencias aparecen inmediatamente. No hay jerarquía en los atributos de Dios, de la substancia. ¿Por qué? Si la substancia posee igualmente todos los atributos, entonces no hay jerarquía entre los atributos, uno no vale más que otro. En otros términos, si el pensamiento es un atributo de Dios y si lo extenso es un atributo de Dios o de la substancia, entre el pensamiento o lo extenso no habrá ninguna jerarquía. Todos los atributos tendrán el mismo valor desde el momento en que son atribuidos a la substancia. Todavía estamos en lo abstracto. Esta es la figura especulativa de la inmanencia. Es eso lo que Spinoza va a llamar Dios. Llama a eso Dios puesto que es absolutamente infinito. ¿Qué representa eso? Es muy curioso. ¿Podemos vivir así?

Él osa hacer lo que muchos hubieran deseado hacer, esto es, liberar completamente la causa inmanente de toda subordinación a otros procesos de causalidad. Sólo hay una causa, ella es inmanente. Y eso tiene una influencia sobre la práctica. Spinoza no titula su libro «Ontología», es demasiado astuto para eso. Lo titula «Ética», lo que es una manera de decir que cualquiera que sea la importancia de mis proposiciones especulativas, sólo podrán juzgarlas a nivel de la ética que ellas envuelven o implican.

Libera completamente la causa inmanente. […] Spinoza la arranca de toda secuencia y hace un golpe de mano a nivel de los conceptos. Ya no tiene secuencia. Por el hecho de extraer la causalidad inmanente de la secuencia de las grandes causas, de las causas primeras; por el hecho de que tiene todo aplanado sobre una substancia absolutamente infinita, que posee todos los atributos y que comprende a todas las cosas como sus modos, él sustituye la secuencia por un verdadero plano inmanente. Es una revolución conceptual extraordinaria: en Spinoza todo pasa como sobre un plano fijo.

Un extraordinario plano fijo que no va a ser del todo un plano de inmovilidad, puesto que todas las cosas van a moverse —y para él sólo cuenta el movimiento de las cosas— sobre ese plano fijo. Spinoza inventa un plano fijo.

La proposición especulativa de Spinoza arranca el concepto al estado de las variaciones de secuencias, y lo proyecta todo sobre el plano fijo que es el de la inmanencia. Eso implica una técnica extraordinaria. También es un cierto modo de vida, vivir en un plano fijo. Ya no vivo según secuencias variables. ¿Qué sería vivir sobre un plano fijo?

[…] los románticos alemanes […] dicen que la Ética es la obra que nos presenta la totalidad más sistemática, es el sistema llevado al infinito, el ser unívoco, el ser que se dice en un solo sentido. Es la punta extrema del sistema, la totalidad más absoluta. Y al mismo tiempo, cuando se lee la Ética se tiene siempre el sentimiento de que no se llega a comprender el conjunto. El conjunto se nos escapa.

A otro nivel, él es el filósofo que lleva el sistema de los conceptos lo más lejos. […] Pero al mismo tiempo no hay filósofo que, como él, pueda ser leído sin saber nada.

Delbos dice de Spinoza que es un gran viento que nos arrastra. Esto va muy bien con mi historia del plano fijo. Pocos filósofos han merecido alcanzar el estatuto de un gran viento calmo. Y los miserables, los pobres tipos que leen a Spinoza comparan eso con ráfagas que nos sorprenden.

[…] un gran viento calmo. Y en todo aquello hay un encadenamiento continuo de los conceptos, cada teorema remite a otros teoremas, cada demostración remite a otras demostraciones.

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