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Al entrar en la cocina pensó que la creencia en una determinación libre y racional de las acciones humanas, y especialmente en una determinación libre y racional de las elecciones políticas individuales, fundamento natural de la democracia, era seguramente el resultado de una confusión entre libertad e imprevisibilidad. Las turbulencias de la marea junto al pilar de un puente son estructuralmente imprevisibles; pero a nadie se le ocurriría calificarlas de libres por esa razón. Se sirvió un vaso de vino blanco, corrió las cortinas y se tumbó para reflexionar. Las educaciones de la teoría del caos no hacían ninguna referencia al entorno físico en que tenían lugar sus manifestaciones; esta ubicuidad les permitía encontrar aplicaciones tanto en hidrodinámica como en genética de poblaciones, en meteorología y en sociología de grupos. El poder de modelización morfológica era bueno, pero la capacidad de predicción casi nula. Por el contrario, las ecuaciones de la mecánica cuántica permitían prever el comportamiento de los sistemas microfísicas con una precisión maravillosa; incluso total, si uno renunciaba a cualquier esperanza de retorno a una ontología material. Era cuando menos prematuro, y quizá imposible, establecer un puente matemático entre ambas teorías. Sin embargo, Michel estaba convencido de que la formación de atractores en la red evolutiva de las neuronas y las sinapsis era la clave para explicar las opiniones y las acciones humanas.

Michel Houellebecq, Las partículas elementales

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⎯No lo sé… ⎯Desplechin tenía todo el aspecto de no saberlo⎯. Viajar… Un poco de turismo sexual, a lo mejor… ⎯Sonrió; cuando sonreía, se cara seguía teniendo mucho encanto; un encanto desencantado, estaba claro que era un hombre acabado; pero era un verdadero encanto a pesar de todo⎯. No, es broma… La verdad es que eso ya no me interesa en absoluto. El conocimiento sí… Queda un deseo de conocimiento. El deseo de conocimiento es curioso… Muy poca gente lo siente, ¿sabe?, incluso entre los investigadores; la mayoría se conforman con hacer carrera, se desvían rápidamente hacia la administración; sin embargo, en la historia de la humanidad tiene una tremenda importancia. Podríamos imaginar una fábula en la que un pequeño grupo de hombres (como máximo unos centenares de personas en todo el planeta) trabaja encarnizadamente en algo muy difícil, muy abstracto, absolutamente incomprensible para los no iniciados. Estos hombres siempre serán unos desconocidos para el resto de la población; no tienen poder, fortuna u honores; ni siquiera hay alguien que entienda el placer que les procura su pequeña actividad. Sin embargo son la potencia más importante del mundo, y lo son por un motivo muy simple, un motivo muy pequeño: detentan las claves de la certeza racional. Todo lo que declaran verdadero, el resto de la población lo reconoce tarde o temprano como tal. Ningún poder económico, político, social o religioso es capaz de enfrentarse a la evidencia de la certeza racional. Podemos decir que Occidente se ha interesado más allá de toda medida por la filosofía y la política, que ha luchado del modo más irracional por asuntos filosóficos o políticos; también podemos decir que Occidente ha amado apasionadamente la literatura y las artes; pero en realidad nada va a pesar tanto en su historia como la necesidad de certeza racional. A fin de cuentas, Occidente ha terminado sacrificándolo todo (su religión, su felicidad, sus esperanzas y, en definitiva, su vida) a esa necesidad de certeza racional. Es algo que habrá que recordar a la hora de juzgar al conjunto de la civilización occidental.

Michel Houellebecq, Las partículas elementales

Puesto que la filosofía es, en última instancia, un recurso más entre otros para intervenir en lo real, existe legítimamente sólo para fortalecer la potencia del espíritu sobre la materia, la afición de la voluntad, la certeza de que el tratamiento de los posibles por el pensamiento forma una unidad con su advenimiento. Se trata de despreciar lo que hay, en nombre de lo que puede haber. Se trata de preferir cualquier verdad a las enciclopedias del saber. Seguramente, la carga polémica de mi filosofía es más viva en este punto. No estamos en el consenso académico. Cualquiera que trabaje para la perpetuación del mundo que hoy nos rodea, aunque fuera bajo el nombre de filosofía, es un adversario, y debe ser conceptuado como tal. No podemos tener la menor consideración para aquellos cuya sofisticación sirve para legitimar —bajo los vocablos gastados e inconsistentes de «el hombre» y de sus «derechos»— el orden capital-parlamentario, hasta en sus expediciones neocoloniales. Pero la guerra especulativa y el derecho que se conceda a cambiar los conceptos por municiones, implica saber exigir de uno mismo una constante transformación de la propuesta filosófica y de sus categorías fundadoras, a riesgo de pensar a menudo —como decía mi viejo maestro Sartre— contra uno mismo.

Alain Badiou